Por: Dr. Álvaro David Fábregas Rodríguez.
Médico & Cirujano
Docente Universitario
A mediados de la década de los 80, la seño Telma Marín, mi profesora de filosofía, nos mandó a leer un ensayo, que estoy seguro, a algunos les evocará recuerdos y, muy seguramente, a otros —especialmente a esta nueva generación— les parecerá completamente desconocido.
Escrita por Friedrich Engels, en ella se plasma la importancia del trabajo para el desarrollo del cerebro del primate, su evolución hacia el Homo habilis y, posteriormente, el salto al Homo sapiens sapiens, hasta llegar a lo que hoy somos.
Con esta paradoja de la obra de Engels, he querido conmemorar el 1 de mayo, Día del Trabajador, y hacer entender cómo, durante los últimos años, ese mismo trabajo ha sido un detonante de muchas enfermedades que pueden ser catalogadas como laborales, así como de otras con una relación indirecta con el mismo.
Permítanme describir este grupo de enfermedades asociadas a ese castigo de perder el paraíso: “ganarás el pan con el sudor de tu frente”.
Muchas de estas afecciones van de la mano de la tecnología y de la transformación de nuestros poblados en grandes metrópolis, en eso que llamamos modernización.
Nuestro cuerpo, una máquina perfecta que Dios nos entregó, también necesita no solo revisión periódica —como una técnico-mecánica—, sino que además puede fallar de acuerdo con sus “horas de funcionamiento”.
Muchos oficios y labores repercuten en la salud de los seres humanos.
Hablemos de las neumoconiosis, enfermedad pulmonar que se presenta por la exposición prolongada y no controlada a partículas inertes, tales como el carbón, el silicio y el asbesto, con gran impacto en la salud respiratoria, causando disnea y tos.
También están las intoxicaciones por metales pesados, presentes en labores de minería (cobre, oro, plata, mercurio, plomo), que producen daño renal y neurológico.
Los movimientos por esfuerzo repetitivo o las lesiones por sobrecarga constituyen trastornos musculoesqueléticos que afectan tendones, músculos o articulaciones, así como atrapamientos de nervios periféricos, como el síndrome del túnel del carpo, tendinitis, sinovitis y artrosis. Estos trastornos pueden afectar principalmente la espalda, el cuello y los miembros superiores e inferiores.
Se suman las lesiones oftalmológicas tras la exposición a luces de fotocurado, así como las infecciones derivadas de la manipulación de sangre y fluidos.
Y qué decir de los trastornos del sueño: insomnio o sueño no reparador por extensas jornadas nocturnas, que conllevan a enfermedades digestivas como gastritis, úlceras gástricas, dolor abdominal, colitis y episodios diarreicos.
Los niveles elevados de cortisol por estrés son causantes de enfermedades hipertensivas y descompensaciones metabólicas, como la diabetes mellitus.
Muchos nos volvemos adictos al trabajo; trabajamos incansablemente, con jornadas que superan las establecidas, en gran parte por necesidad, en una sociedad desigual donde los salarios resultan injustos para muchas profesiones y labores.
Así como existe la adicción a los videojuegos o a los juegos de azar, la adicción al trabajo también puede deteriorar nuestra salud mental.
Evaluemos los riesgos que nuestro trabajo implica; usemos equipos de protección personal y de bioseguridad; hagamos pausas activas y participemos en las actividades de salud ocupacional, no por exigencia de nuestros jefes, sino por conciencia de su importancia.
Por eso, hoy 1 de mayo, cuando la clase obrera se vuelca a las calles en marchas multitudinarias que recuerdan las luchas por dignificar el trabajo y sus derechos, es importante resaltar que, dentro de esos derechos, está el acceso a una adecuada gestión de riesgos laborales, entendiendo que no se trata solo de atender el accidente o la enfermedad, sino de garantizar la prevención.
Ojalá tu oficio, tu labor, tu profesión encarne la frase de Confucio: “Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ningún día de tu vida”.
¡Viva el 1 de mayo!