Hay historias que comienzan mucho antes de que sus protagonistas tengan conciencia de ellas y la de Jaime Luis, comenzó prácticamente sobre un acordeón.
Su padre, Jaime Bornacelli Polo, fue un hombre enamorado del folclor vallenato y convencido de que su hijo llevaba música en sus venas, quiso dejarle desde sus primeros días una especie de destino, por ello, cuando apenas era un bebé, lo bautizó simbólicamente encima de un acordeón y no fue una ocurrencia cualquiera, porque para su papá, aquella imagen representaba una esperanza: que ese niño algún día se convertiría en un acordeonero de renombre y que sería capaz de ganarse los festivales vallenatos que se realizaran en Colombia.
La fotografía de aquel momento parece hoy una escena sacada de una historia que estaba apenas comenzando: un bebé dormido sobre el fuelle de un acordeón, ajeno a los sueños que su padre estaba depositando sobre él. Bornacelli Polo fue mucho más que su padre.
Fue su mentor, su gran apoyo y el hombre que estuvo detrás de buena parte de aquellos primeros sueños musicales, que creyó en su hijo cuando apenas comenzaba a descubrir el instrumento y lo acompañó en un camino que, por momentos, pareció destinado a convertirlo en uno de los grandes acordeoneros de su generación.

LOS HERMANOS VEGA Y LOS PRIMEROS PASOS
Pero los sueños necesitan de personas que ayuden a convertirlos en realidad y en el crecimiento musical de Jaime Luis tuvieron una influencia fundamental los hermanos Vega, Erasmo y Mane “Patapelá”, ya que ellos estuvieron cerca de sus primeros pasos y contribuyeron de manera importante a ese proceso de formación musical que, durante aquella época, fue dejando en el niño una relación cada vez más estrecha con el acordeón y con el folclor vallenato.
Jaime Luis creció entre acordeones, parrandas, canciones y ese ambiente musical en el que la tradición no se aprende únicamente en una escuela: también se aprende escuchando, mirando, acompañando y viviendo.
EL REY INFANTIL DE 1990
Hubo un momento en que ese sueño paterno comenzó a hacerse realidad y Jaime Luis, se convertirtió, en Rey Vallenato del Festival de la Leyenda Vallenata de Valledupar, en la categoría infantil, acompañado en la caja por el reconocido rey vallenato El “Pollito” Herrera, haciendo parte de una presentación que quedó marcada para siempre en la memoria familiar.
Para su padre, Jaime Bornacelli Polo verlo coronarse, fue ser la confirmación de aquella apuesta que había hecho desde que su hijo era apenas un bebé: aquel niño que había puesto sobre un acordeón sí tenía madera para convertirse en rey.
EL PADRINO
El hombre que apadrinó ese sueño tampoco fue cualquiera. Fue nada menos que Poncho Zuleta, uno de los grandes nombres de la música vallenata, quien en varias de sus canciones ha mencionado a su ahijado.
Aquello convirtió aquella ilusión paterna en algo todavía más especial: el niño que había sido puesto sobre un acordeón quedaba vinculado, desde muy temprano, con algunas de las figuras más importantes de la tradición vallenata.
EL DOLOR DE UNA PARTIDA Y UNA PROMESA QUE PERMANECE
En 1993, Jaime Bornacelli Polo partió de este mundo y se fue antes de poder acompañar muchos de los capítulos que vendrían en la vida de su hijo, pero dejó algo que no se marchó con él: la certeza de haber sembrado en Jaime Luis, el amor por el acordeón, por la música y por el folclor vallenato.
Jaime Luis está convencido de que su padre, desde donde esté, continúa cuidándolo y también cree que sigue parrandeando sus triunfos, porrque son triunfos que tienen dos caras. Por un lado, está el profesional que logró convertirse en médico especialista en anestesiología, una carrera construida con estudio, disciplina y sacrificio y por el otro, está el hombre que encontró en la familia otra de sus grandes realizaciones: ser padre y esposo.
SU MAMÁ EN MEDIO DEL ACORDEÓN Y LOS LIBROS
Con el paso de los años, aquella pasión que parecía destinada a convertirlo en un gran acordeonero comenzó a tomar otro rumbo, ya que su mamá, Carmiña Barrios, tenía claro que su hijo debía estudiar y Jaime Luis no se rehusó.
Allí estuvo una de las decisiones que terminarían definiendo su vida, pero el acordeón no desapareció, sino que dejó de ser el centro de su camino y los libros, la formación profesional y la disciplina académica comenzaron a ocupar el lugar que su madre le sugirió, ya que ella, también soñaba con que su hijo mayor, se hiciera un profesional indistintamente del instrumento de origen alemán.
Sin embargo, Jaime Luis nunca abandonó completamente el acordeón, solo lo dejó a un lado para cumplir con otras responsabilidades, pero nunca lo ha dejado atrás, porque hay instrumentos que se aprenden a tocar y otros que terminan formando parte de la historia personal y para él, su acordeón pertenece a esa segunda categoría.
EL MÉDICO QUE NO HA DEJADO DE SER ACORDEONERO
Hoy, ese deseo de su madre, tomó una forma diferente. Su profesión lo llevó por un camino completamente distinto al que su padre había imaginado cuando lo puso, siendo apenas un bebé, sobre el fuelle de un acordeón.
Jaime Luis no combina su profesión con la música como una actividad laboral, pero tampoco necesita hacerlo para demostrar que aquella herencia sigue viva, ya que no es extraño verlo en una parranda, sentado con un acordeón entre las manos, como invitado especial, regresando por unas horas a ese mundo que nunca terminó de abandonar.
Allí, entre amigos, canciones y recuerdos, el médico especialista en anestesia vuelve a ser también aquel muchacho que alguna vez soñó con el acordeón.
Quizás no terminó ganándose todos los festivales vallenatos de Colombia, como alguna vez lo soñó su padre, pero ganó algo que posiblemente aquel hombre también habría querido para él: una profesión, una familia, una esposa, tres hijas y una vida construida con disciplina, sin perder la música que le fue entregada como herencia.
El acordeón dejó de ser una profesión, pero nunca dejó de ser parte de su vida y cada vez que lo toma entre sus manos en una parranda, el tiempo parece devolverse a aquella fotografía del bebé dormido sobre el fuelle, mientras su padre, lleno de sueños, imaginaba al gran acordeonero que algún día sería.
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