Columna de opinión
Devocional autoría de Wulfran Rosendo Acuña Martínez
E-mail: wacmar26@hotmail.com
Frase inicial
“La mayor tragedia espiritual no sería que Cristo regresara y el mundo lo rechazara; la verdadera tragedia sería que quienes dicen seguirlo no lograran reconocerlo.”
Texto base
“A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.”
(Juan 1:11)
Introducción
A lo largo de la historia, millones de creyentes han afirmado que si hubieran vivido en tiempos de Jesús habrían estado entre sus discípulos y no entre sus opositores.
Nos gusta imaginar que habríamos caminado junto a Él por las calles de Jerusalén, escuchado sus enseñanzas y defendido su causa frente a quienes lo rechazaban.
Sin embargo, pocas veces nos detenemos a considerar una pregunta más profunda:
¿Lo reconoceríamos si caminara hoy entre nosotros?
No en los relatos bíblicos.
No en los templos.
No en las pinturas religiosas.
Sino aquí y ahora.
En medio de nuestras ciudades, nuestras iglesias, nuestros gobiernos, nuestras universidades, nuestras empresas y nuestras familias.
Parábola contemporánea
Un rey decidió visitar su reino para conocer la condición real de su pueblo.
No llegó vestido con corona ni acompañado de soldados.
Se presentó vestido como un hombre común.
Los políticos lo ignoraron porque no tenía cargo.
Los empresarios lo ignoraron porque no tenía riqueza.
Los académicos lo ignoraron porque no tenía títulos visibles.
Los líderes religiosos lo ignoraron porque no pertenecía a su organización.
Los poderosos lo ignoraron porque no representaba una amenaza aparente.
Pero los humildes escucharon sus palabras.
Y descubrieron que aquel hombre desconocido poseía una sabiduría superior a la de todos los sabios y una autoridad moral superior a la de todos los gobernantes.
Cuando finalmente reveló su identidad, muchos quedaron sorprendidos.
No porque el rey hubiera cambiado.
Sino porque ellos habían aprendido a reconocer únicamente los símbolos del poder y habían olvidado reconocer la verdad.
Reflexión principal
La primera venida de Cristo constituye uno de los mayores misterios de la historia.
Los expertos en las Escrituras esperaban al Mesías.
Los sacerdotes hablaban del Mesías.
Los escribas enseñaban sobre el Mesías.
Los fariseos discutían acerca del Mesías.
Sin embargo, cuando el Mesías apareció, la mayoría no lo reconoció.
¿Por qué?
Porque esperaban un libertador político y encontraron un Salvador espiritual.
Esperaban un conquistador militar y encontraron un siervo.
Esperaban un rey rodeado de poder terrenal y encontraron a un carpintero de Galilea.
La humanidad sigue cometiendo el mismo error.
Buscamos a Dios donde hay fama.
Donde hay prestigio.
Donde hay influencia.
Donde hay poder.
Y muchas veces dejamos de escucharlo cuando habla desde la sencillez, la verdad y la humildad.
La Iglesia Primitiva y la Iglesia Actual
La iglesia primitiva nació bajo la persecución.
No poseía templos monumentales.
No tenía influencia política.
No controlaba instituciones.
No disponía de riquezas.
Sin embargo, transformó el mundo porque estaba centrada en Cristo.
La iglesia contemporánea posee recursos que los primeros cristianos jamás imaginaron.
Posee tecnología.
Posee medios de comunicación.
Posee estructuras organizacionales.
Posee influencia social.
Pero la pregunta sigue siendo la misma:
¿Estamos más cerca de Cristo o más cerca de nuestras estructuras?
Porque una organización puede crecer sin que crezca la santidad.
Una institución puede fortalecerse sin que se fortalezca la humildad.
Y una comunidad religiosa puede multiplicarse sin que aumente su dependencia de Dios.
Reflexión Teológica
Desde una perspectiva teológica, Cristo no vino únicamente a perdonar pecados.
Vino a revelar el carácter de Dios y confrontar el corazón humano.
Su mensaje nunca estuvo dirigido exclusivamente a una categoría de personas.
Confrontó al pecador.
Confrontó al religioso.
Confrontó al gobernante.
Confrontó al rico.
Confrontó al pobre.
Confrontó a todo aquel que colocaba algo por encima de Dios.
Reflexión Teleológica
¿Cuál es el propósito final de esta confrontación?
No destruir al ser humano.
Transformarlo.
Dios no confronta para humillar.
Confronta para redimir.
Cristo muestra nuestra condición real para conducirnos hacia nuestra identidad verdadera.
Su propósito siempre ha sido restaurar al hombre a la imagen para la cual fue creado.
Reflexión Escatológica
Muchos creyentes se preguntan cómo será el regreso del Señor.
Sin embargo, antes de preguntarnos cuándo regresará, deberíamos preguntarnos si estamos preparados para reconocer su voz.
La escatología bíblica no busca alimentar curiosidades.
Busca despertar fidelidad.
La segunda venida de Cristo será motivo de gozo para quienes lo conocen verdaderamente, pero también revelará aquello que cada corazón ha construido durante su vida.
Reflexión Psicológica
El ser humano posee una tendencia natural a proteger sus creencias, sus privilegios y sus certezas.
Por ello solemos rechazar aquello que cuestiona nuestra autoimagen.
Cristo confronta precisamente esa zona de comodidad.
No porque quiera destruir nuestra identidad, sino porque desea reconstruirla sobre la verdad.
Reflexión Sociológica
Toda sociedad desarrolla estructuras de poder.
Políticas.
Económicas.
Académicas.
Religiosas.
Mediáticas.
El problema no es la existencia del poder.
El problema aparece cuando el poder deja de servir a las personas y comienza a servirse de ellas.
Por eso el mensaje de Cristo continúa siendo incómodo en cualquier época.
Porque recuerda que toda autoridad humana es limitada y temporal.
Reflexión Criminológica y Moral
La historia demuestra que muchos de los mayores abusos no nacieron de la ignorancia sino del deseo desordenado de conservar privilegios.
La corrupción, la injusticia y la violencia suelen prosperar cuando las personas consideran que sus intereses son más importantes que la verdad.
Cristo confrontó precisamente esa lógica.
Por ello fue rechazado por quienes temían perder influencia, prestigio o control.
Reflexión del Autor
Como creyente me he preguntado muchas veces si realmente reconocería a Cristo si caminara hoy entre nosotros.
No me preocupa únicamente la respuesta de los gobiernos, de las iglesias o de las grandes instituciones.
Me preocupa mi propia respuesta.
Porque es fácil identificar los errores ajenos.
Lo difícil es permitir que Dios examine nuestro propio corazón.
Quizás el mayor acto de fe no consiste en afirmar que seguimos a Cristo.
Quizás consiste en permitir que Cristo confronte aquello que todavía necesita ser transformado dentro de nosotros.
Conclusión
Si Cristo caminara hoy entre nosotros probablemente seguiría haciendo lo mismo que hizo hace dos mil años.
Llamaría al arrepentimiento.
Defendería la verdad.
Abrazaría al necesitado.
Confrontaría la hipocresía.
Y recordaría a la humanidad que ningún poder terrenal es superior a la autoridad de Dios.
La pregunta sigue abierta.
No para el mundo.
No para los gobiernos.
No para las iglesias.
Sino para cada uno de nosotros:
¿Reconoceríamos a Cristo si caminara hoy entre nosotros?
Frase final
“El verdadero discípulo no es quien habla constantemente de Cristo, sino quien conserva la humildad suficiente para reconocerlo cuando Él aparece para confrontar su propia vida”.
Wulfran Rosendo Acuña Martínez
Abogado Penalista especializado en Criminalística