Columna de opinión
Por Cristina Peña · Profesora de OBS Business School
La inteligencia artificial, la automatización y la velocidad con la que cambian los negocios han abierto una brecha que ya no podemos seguir ignorando. Muchas universidades continúan formando para un mundo laboral que, sencillamente, ya no existe. Durante años, la educación superior preparó para profesiones totalmente definidas. Hoy, sin embargo, los trabajos cambian antes de que los planes de estudio se actualicen, y eso deja a miles de estudiantes en un terreno incierto.
La IA automatiza tareas, resume información y transforma procesos completos en sectores como logística, finanzas, marketing o industria. En este contexto, memorizar contenidos ha dejado de ser una ventaja. Lo que realmente importa es aprender a aprender, y hacerlo de manera continua. Las empresas buscan perfiles capaces de adaptarse, de resolver problemas que no vienen en ningún manual, de comunicarse con claridad y de trabajar con personas muy distintas entre sí.
También buscan profesionales que asuman responsabilidad sobre su propio desarrollo. Aun así, muchos programas académicos siguen anclados en contenidos rígidos y evaluaciones que no reflejan la realidad del trabajo actual.
La IA no sustituye al profesional, pero sí transforma su rol. Automatiza tareas, pero no automatiza valores. Puede procesar datos, pero no puede reemplazar la intuición, la ética, la empatía o la capacidad de influir. Por eso, las competencias humanas —visibilidad, diligencia, valentía, comunicación, hábitos y lectura de lecciones aprendidas— se convierten en el verdadero diferencial de los líderes del futuro. Y esto es algo que repito a mis alumnos cada año: el contenido importa, sí, pero el carácter que se logre forjar importa aún más.
La educación superior debe evolucionar hacia un modelo que priorice estas habilidades. La comunicación es esencial para liderar equipos, negociar, argumentar y conectar con otros. Los hábitos —incluidos los “hábitos atómicos” que describiera James Clear— permiten sostener la excelencia, la disciplina y la mejora continua. Y la lectura de las lecciones aprendidas convierte los errores en experiencia, y la experiencia en criterio.
Cuando un alumno me dice que no puede con una asignatura, siempre le recuerdo que la universidad no solo enseña materias: enseña resiliencia. A los que sienten que su nivel no es suficiente y quieren tirar la toalla, les digo que, aunque les cueste más que a otros, ahí está precisamente su oportunidad: porque lo importante no son solo los contenidos, lo importante es su propia superación.
En los trabajos en grupo insisto en algo que repito mucho: no quiero juicios sin datos. Los datos reducen sesgos y ayudan a ver el trabajo de los demás con más justicia. Además, conocer la interculturalidad abre puentes entre personas que, en apariencia, son muy distintas, pero que en el fondo comparten valores muy similares.
Y cuando algo es complejo, siempre vuelvo al “back to basics”. Si de verdad sabemos de un tema, debemos ser capaces de explicarlo de forma sencilla. Solo desde lo básico, se puede construir algo más grande. Eso también es formar para el futuro: enseñar a simplificar, a entender y a construir desde lo esencial.
La IA puede ser una aliada en este proceso. Puede ayudar a los estudiantes a mejorar su expresión oral mediante análisis de discursos, a planificar su trabajo con herramientas de organización inteligente o a interpretar datos para extraer conclusiones y proyectar escenarios. Pero la tecnología solo amplifica lo que ya existe: si el profesional no tiene criterio, la IA no lo crea; si no tiene hábitos, la IA no los sustituye; si no tiene visión, la IA no la inventa.
Por eso, la universidad debe dejar de formar únicamente para profesiones y empezar a formar para trayectorias. Debe enseñar a los alumnos a conocerse, a trabajar con otros, a gestionar la interculturalidad, a reducir sesgos mediante datos y a simplificar lo complejo para construir soluciones. Debe ser, como siempre fue, la cuna de líderes capaces de pensar, decidir y asumir responsabilidad.
El mercado laboral ya no premia al que sabe más, sino al que aprende más rápido. La ventaja competitiva del futuro será el aprendizaje continuo, tanto para empresas como para profesionales.
En un mundo donde los trabajos se reinventan, desaparecen o cambian de forma, la capacidad de adaptación será el motor de la empleabilidad. Si seguimos formando para el trabajo que ya dejó de existir, estaremos preparando profesionales para un mundo que ya no está ahí. La educación debe transformarse con la misma rapidez con la que cambia la economía. Solo así podremos cerrar la brecha entre lo que el mercado exige y lo que la universidad ofrece.