Espiritualidad

Reflexión Pastoral: Los equipos invisibles de Dios

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Autor:
Wulfran Rosendo Acuña Martínez
Ministerio Internacional Clamor de los Valientes
Wassap: 3126111056

Durante mucho tiempo me pregunté por qué Dios me impulsaba a enviar mensajes de fe, esperanza, exhortación y reconciliación si aparentemente no veía resultados. En ocasiones los mensajes eran recibidos en silencio. No llegaban respuestas. No llegaban comentarios. Muchas veces ni siquiera un sencillo “amén”.

Como ser humano, llegué a preguntarme si aquellas palabras estaban encontrando eco en algún corazón.

Sin embargo, el Espíritu Santo me enseñó una lección que transformó mi manera de entender el Reino de Dios.

Me mostró que la obediencia siempre debe preceder al resultado.

Nuestra responsabilidad no es producir el fruto; nuestra responsabilidad es sembrar la semilla.

Con el paso del tiempo, comenzaron a aparecer los testimonios. Uno a uno. Sin prisa, pero con la precisión perfecta de Dios.

Algunas personas me confesaron que habían vuelto a orar después de años de alejamiento.

Otras me dijeron que habían recuperado la esperanza cuando pensaban que todo estaba perdido.

Algunas reconocieron que su conversión a Cristo había comenzado con uno de aquellos mensajes que un día llegaron a sus teléfonos, a sus correos o a sus redes sociales.

Entonces comprendí algo extraordinario.

Dios me había permitido ver apenas una pequeña parte de la cosecha.

Aquellos mensajes que parecían perderse en el silencio estaban produciendo fruto en lugares que mis ojos jamás habían visto.

Fue entonces cuando entendí que Dios también forma equipos.

Así como David tuvo sus valientes.

Así como Moisés tuvo a Aarón y a Josué.

Así como Elías tuvo a Eliseo.

Así como nuestro Señor Jesucristo formó a sus discípulos para llevar el Evangelio hasta los confines de la tierra.

También hoy el Espíritu Santo sigue levantando hombres y mujeres que se convierten en multiplicadores de la gracia de Dios.

Muchos de ellos trabajan en silencio.

No buscan reconocimiento.

No buscan aplausos.

No buscan posiciones de honor.

Simplemente permiten que el Espíritu Santo obre en sus vidas y transmiten a otros aquello que han recibido.

Con el paso de los años comprendí que el Reino de Dios no avanza únicamente por medio de grandes predicaciones o multitudinarios eventos.

Muchas veces avanza mediante una palabra enviada en el momento correcto.

Una oración compartida.

Una reflexión inspirada por el Espíritu Santo.

Un mensaje que llega a un corazón necesitado.

Y ese corazón alcanza a otro.

Y ese otro alcanza a otro más.

Y así, silenciosamente, Dios va construyendo una red invisible de hombres y mujeres que anuncian su amor alrededor del mundo.

Al día de hoy no sé cuántas personas han sido alcanzadas por aquellos mensajes.

No sé cuántas vidas fueron consoladas.

No sé cuántos corazones fueron restaurados.

No sé cuántas personas decidieron volver a Dios.

No sé cuántos encontraron esperanza cuando estaban a punto de rendirse.

No sé a cuántos países han llegado.

No sé cuántas culturas han sido tocadas por ellos.

Lo que sí sé es que Dios conoce cada una de esas historias.

Él conoce cada lágrima que fue secada.

Cada oración que fue respondida.

Cada alma que fue fortalecida.

Cada vida que fue transformada.

Porque nada de lo que se hace para Dios se pierde.

Ninguna semilla sembrada en obediencia cae en tierra estéril cuando el Espíritu Santo la toma en sus manos.

Por eso hoy comprendo que la verdadera recompensa no está en conocer el número de personas alcanzadas.

La verdadera recompensa es saber que Dios permitió que un instrumento imperfecto participara en una obra perfecta.

Y esa obra sigue creciendo.

Sigue multiplicándose.

Sigue atravesando fronteras.

Sigue llegando a lugares donde nosotros jamás podremos llegar.

Porque cuando el Espíritu Santo decide utilizar una palabra para glorificar a Jesucristo, ningún límite humano puede detener su avance.

Que nunca nos cansemos de sembrar.

Que nunca nos desanimemos por el silencio.

Que nunca confundamos la ausencia de respuestas con la ausencia de fruto.

Porque muchas de las mayores obras de Dios nacen en secreto, crecen en silencio y producen una cosecha que solamente la eternidad podrá revelar completamente.

Que toda la gloria, toda la honra y todo el reconocimiento sean para nuestro Señor Jesucristo y para la maravillosa obra del Espíritu Santo.

Amén.

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