Historia No. 5
MIGUEL EL BUENO.
Por: Padre Carlos Mario Gallego.
PRELATURA APOSTÓLICA CORPUS CHRISTI, ICAB en Colombia.
Miguel es un sencillo campesino que vive entre las montañas de Briceño, Antioquia. Podríamos decir que es un ermitaño, vive solo.
Una noche del mes de mayo fue visitado por un misionero que llevaba días caminando y evangelizando por esas tierras. Tocó a eso de las 8:00 de la noche a la puerta del rancho de Miguel y se le presentó como el Padre Francisco Javier Bedoya, misionero de la comunidad de los Javerianos.
El Padre Javier le habló a Miguel sobre Cristo como Hombre e Hijo de Dios. Miguel demostró mucho interés y atención sobre las palabras del Padre. Él no sabía nada de Dios, y muy poco de la Iglesia. Miguel escuchó, entró en oración con el misionero y compartió agua de panela, pan y arroz con el Padre. Sobre una estera rota y vieja se acomodó el Padre Francisco para descansar.
En la mañana y después de agradecerle al Padre Francisco su visita, Miguel organizó una tula para desplazarse al pueblo. Miguel vivía de sus montañas al pueblo de Briceño, a unas 8 horas.
Miguel llevaba en su corazón el gran anhelo de encontrarse con Cristo, esto sucedía por las enseñanzas recibidas del misionero.
Al bajar las montañas y llegar al primer caserío, compartió con unos niños que jugaban con un balón. Y Miguel pensó por primera vez: «hoy me he encontrado con Cristo Jesús, lo he reconocido en el rostro alegre de esos niños inocentes y pobres». El Cristo Niño inocente.
Continuó su camino y una hora después se encontró con un joven campesino que recogía leña para llevar a la casa, Miguel le ayudó a cortar y cargar para la casa, y Miguel pensó por segunda vez: «hoy me he encontrado con un Cristo campesino, joven, trabajador». El Cristo Joven, trabajador, campesino, sencillo.
Continuó su camino y dos horas después llegó al corregimiento de Pueblo Nuevo, a la posada atendida por la señora Lola, mujer cabeza de familia, luchadora, servicial, alegre y muy trabajadora. La señora Lola atendió a Miguel, Oraron juntos con los niños, dieron gracias, bendijeron los alimentos, hablaron de Cristo, el servicio, el amor.
Y Miguel pensó por tercera vez: «hoy me he encontrado con Cristo, lo veo en el rostro de una madre cabeza de familia que lucha por sus hijos. Madre sola con hijos, Cristo.
Al atardecer, Miguel continuó su camino y se encontró con un grupo de personas armadas, que se le presentaron como guerrilleros. Miguel les habló de Cristo, compartió con ellos agua y pan.
Miguel pensó: «hoy me he encontrado por cuarta ocasión con Cristo, un Cristo sufriente en los rostros de hombres y mujeres que viven una guerra sin sentido en nuestra Colombia, «la Patria Boba», dónde nos matamos entre los mismos hermanos». Miguel dejó un mensaje de perdón y paz entre ellos.
Al atardecer y ya llegando a la cabecera de Briceño, sobre la orilla de una carretera se encontró con un grupo de personas ricas, con camionetas de alta gama, bien vestidos, con joyas, quienes se dirigían al pueblo para acompañar a un amigo que se casaría en el templo.
Miguel les contó sobre Cristo, los sacramentos, los animó a ayudar a los necesitados. Miguel pensó y dijo: «hoy me he encontrado por quinta vez con un Cristo Rico, adinerado, que vive la alegría de la fiesta, en el rostro de ellos también encontró a Cristo.
Miguel sigue su camino por la vida, nosotros también. Dónde encontramos a Cristo?
En el rostro de nuestros hermanos está Cristo, muchas veces humillado, explotado, perseguido, violado, ultrajado, condenado, calumniado.
Todos llevamos el rostro de Cristo, Dios Padre nos creó a su imagen y semejanza:
«La Creación es un poema de amor de Dios al hombre en despliegue de su poder y sabiduría».
Te invitó a descubrir el rostro de Cristo en cada uno de tus hermanos; el Evangelio es para todos sin distinción de razas, sexo, clases sociales y estratos.
Los invito a amar al prójimo. El dolor de amor que se siente tiene remedio y ese remedio se llama: tener valor, escuchar, recordar, orar, acompañar a personas que sufren tanto. Lloramos, pero hablemos, abramos el corazón a aquellos que sufren.
Cristo en mi rostro, en tu rostro, en el rostro de todos los hombres.